lunes, 3 de noviembre de 2014

Vuelve el Arte

"Llega un momento en que es necesario 
abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo 
y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. 

Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, 
nos habremos quedado para siempre al margen de nosotras mismas"

Fernando Pessoa




"A pesar de todo me gusta recordar como eras antes de la tormenta" (Pie forzado)
La decepción que me invade ahora me hace casi imposible recordar tu sonrisa a mi lado cada mañana. 
Eras, creo, pequeña, dulce e inocente; soportabas mis cambios de humor bailando desnuda por el pasillo con un cepillo de dientes en la boca.
Recordarte es revivir esa tormenta y sentir como mil puñales se clavan flojito en mi paraguas.
Nunca perdí los nervios contigo, no podría haberlo hecho, te quise más de lo que eras capaz de soportar.
Dicen que tras la tormenta siempre llega la calma, en mi caso fue en forma de Ángela que sopló tus nubes hacia otro lado.
El sol calienta pero a diferencia de tus truenos siempre permanece quieto, demasiado quieto.
Y entonces somos los demás los que inevitablemente nos movemos.



Haciendo un repaso de las cosas que me hacen feliz en los últimos tiempos y cuales no, tengo muy claro las que sí. Y una es esta:

lunes, 19 de mayo de 2014

Era como si el brillo del éxito le hubiese impregnado antes de tiempo cada centímetro de su cuerpo...

Luces, cámara, acción... Así era Nora, rápida, resolutiva, atrevida, lo suficiente como para colarse en un camerino que no es el suyo sólo para ver aparecer a su adorada estrella.
Todo comenzó la noche en que Eva recogía su premio, Nora estuvo espiando, como un ratoncillo escondido entre las cortinas, toda la ceremonia. Sólo con ver a Eva pasar se le ponían los pelos de punta, la admiraba tanto. Nora tenía la peculiaridad de conseguir siempre todo lo que se proponía, era tenaz y perseverante y nunca hubo nada ni nadie que pudieran pararla o interponerse en su camino. Aún recuerdo como llegó a ser presidenta del club femenino Erasmo Hall, hacía meses que estabamos todas preparando las candidaturas, y ella llegó más tarde, al parecer acababa de mudarse con su familia a Nueva York. Parecía una chica de campo aterrizada en la ciudad por casualidad, como desorientada. Me causó ternura desde el principio, yo siempre había sido muy defensora de las causas perdidas, y me conquistó con su sonrisa y aparente humildad desde el primer momento. Enseguida nos hicimos amigas y una tarde me confesó sus deseos de ser la próxima presidenta del club. Yo le dije que no sería nada fácil, pues había otras candidatas que durante meses habían hecho méritos y tenían asegurado el apoyo tanto de las chicas como de buena parte del jurado, que era quien determinaba en última instancia quien sería la presidenta.
Desde ese mismo momento Nora comenzó a trabajar sin descanso por el club, estaba entregada. Todas las mañanas llegaba la primera a pesar de las dos horas de tren que tenía que recorrerse desde la pequeña casa donde vivía con su familia en las afueras de Brooklyn, y no se iba hasta que estaba recogida hasta la última silla. Su dedicación era incesante. Consiguió en pocos meses tener el club más ordenado que nunca.
A mi me provocaba tristeza y compasión, pues aunque no me atrevía a decírselo en mi foro interno pensaba que todo su trabajo iba a ser en balde, sin duda había ya una candidata preferida, tan segura de sus apoyos, que no le importaba lo que Nora hiciera o dejara de hacer.
Una mañana se presentó en el club Charles Foster, crítico comentarista y uno de los miembros más influyentes del jurado, y también el más temido, pues cuando no le gustaba alguien sus críticas eran tan despiadadas que podía hundir para siempre tu carrera política o de cualquier otro tipo. Sorprendió a Nora bailando, distraída, y esta supo aprovechar brillantemente la ocasión.

- Señor Foster, disculpeme no sabía que tendría el honor de verle esta mañana, de haberlo sabido...
- No se preocupe, siga, es un placer verla ensayar.
- Bailaría para usted durante horas si usted me lo pidiera, pero, es una pena, las otras candidatas no nos dejan ensayar a las nuevas; ya sabe, aquí se valora más la antigüedad que el trabajo o el talento.
- Le aseguro que la antigüedad para mi es algo absolutamente irrelevante, me irritan especialmente las que consiguen sus cargos por vía, familiar, digamos.
- Señor Foster, figúrese, mi familia son pobres, campesinos, nunca conseguiré nada aquí, debería volverme a casa y trabajar en el campo.
- No diga tonterías y confíe en si misma. Le daré un consejo, Nora, nada es para siempre, lo único que de verdad nos pertenece son nuestras ilusiones, y nuestra ambición, y eso es lo que nos mueve, recuerdalo siempre.


Y Nora siguió su consejo, vaya que si lo hizo. Desde aquel primer encuentro volvió a verse muchas veces más con Foster. Al principio no quería contármelo, pues temía que yo pudiera decírselo a alguna de las otras chicas, y confieso que en alguna ocasión pensé en hacerlo. No me parecía justo que las demás no lo supieran, pero algo me dijo en mi interior que me convendría seguir siendo su amiga, después de todo nunca me había gustado meterme en lios, y desconocía hasta que punto Nora estaba tergiversando la realidad para ser apoyada por Charles Foster.

La noche de las elecciones Nora estaba guapísima, radiante, sus ojos brillaban de una forma especial. Era como si el brillo del éxito le hubiese impregnado antes de tiempo cada centímetro de su cuerpo. Todas nos preguntábamos como habría conseguido pagar aquel vestido de fiesta, totalmente fuera de su alcance; meses después nos enteraríamos de que había sido un regalo de Foster, como agradecimiento por los "servicios prestados".


Nora consiguió ser la presidenta, repentinamente todos los miembros del jurado parecían estar de acuerdo, y las otras chicas estaban desoladas. No fue necesario ni esperar a las votaciones. Así consiguió ser la presidenta, y así comienza nuestra historia, la noche en que se coló en el camerino de la estrella de cine Eva Parker a la que todas adorábamos. 


martes, 25 de marzo de 2014

Popurrí: NO APTO para postgraduados en Análisis Político

A lo largo de mi formación de máster en Análisis Político he estudiado, como es lógico, a diversos y prestigiosos autores/as de la Ciencia Política (más autores que autoras, todo sea dicho). Sartori, Schumpeter, Robert Dahl, Linz… son nombres que nos suenan a cualquier politólogo/a, o que al menos deberían sonarnos. El debate sobre la democracia, sobre la ciencia política, sobre las relaciones de poder, es un debate sin duda reabierto en la sociedad en los últimos años. Es natural pensar que mi formación debería otorgarme cierta claridad sobre estos temas. Sin embargo, ¿acaso he/hemos aprendido qué es la democracia en la universidad?


Actualmente la coyuntura de las elecciones europeas de mayo, el debate sobre modelo de estado que se está produciendo en Cataluña pero que va mucho más allá, la reflexión sobre la democracia formal y sus límites que reabrió el 15M, hace que vivamos en un momento político excepcional, en el que se cuestionan las reglas de juego establecidas en nuestro país desde la Transición. Para muestra un botón, el pasado 22 de Marzo alrededor de un millón de personas marchamos por las calles de Madrid reclamando una sola cosa: Dignidad. 



Los citados autores modernos de la Ciencia Política me han facilitado unos apuntes muy claros y de diversos colores sobre estos temas. Sé qué es la “accountability” (queda mucho más profesional decirlo en inglés), sé diferenciar entre un régimen autoritario y otro totalitario (gracias a nuestro amigo Linz, que estableció que oye, el franquismo no era tan malo después de todo), e incluso sé que mucha democracia genera inestabilidad, y eso es malo para las sociedades. Nunca me hablaron en las aulas de poder popular (sí fuera de ellas), nunca nos contaron la diferencia entre gobierno y poder, y en definitiva nunca nos explicaron que la democracia no puede ser un método, que no es un instrumento para organizar las sociedades, sino que es o debería ser un fin en sí misma.

Democracia significa poder del pueblo, de la mayoría; y no hay que haber ido a ninguna universidad para constatar que no es lo que tenemos ni en España ni en la idolatrada UE. No sólo porque no tengamos los procedimientos adecuados (mayor participación, rendición de cuentas, cumplimiento de los programas electorales, referéndum vinculante, cargos públicos revocatorios…) sino sobre todo por la necesidad de entender que democracia no es una técnica para gobernarnos, sino la necesidad de que el pueblo se auto-otorgue el poder que le pertenece y que le ha sido sustraído. Eso quisimos demostrar el pasado 22 de Marzo, y lo conseguimos.


Las elecciones europeas tienen importancia en la medida de que nos sirvan para recuperar soberanía y arrebatársela a las instituciones europeas antidemocráticas y los organismos internacionales y mercados financieros donde reside el poder. De igual forma que el debate reabierto por Cataluña tendrá sentido si somos capaces de darnos cuenta que la clave no está en Artur Más ni en Mariano Rajoy (ambos con intereses muy similares), sino en si aprovechamos la coyuntura política para replantearnos todas las reglas del juego, para abrir un proceso constituyente que termine con el régimen bipartidista y corrupto que tenemos en la actualidad. Derecho a decidir sí, pero sobre todas las cuestiones.


La Ciencia Política que mayoritariamente nos enseñan es ciencia (entendida como un conjunto de conocimientos estructurados sistemáticamente que busca establecer, a partir de la observación, principios generales acerca del funcionamiento de las sociedades), sin embargo no es política, pues no nos habla con sinceridad de esas relaciones de poder. Distinguimos sistemas políticos, definiciones de democracia tenemos para aburrir, pero no profundizamos en el concepto y en lo que como sociedad puede hacer qué cambiemos el rumbo de la historia.

La objetividad en las ciencias sociales no existe, lo único que podemos hacer es ser honestos con nosotras mismas y contar aquello que, objetivamente, creemos que es verdad.

Distinguir entre gobernanza y gobernabilidad puede ser interesante, pero no es la verdad que yo quiero contar. Lo que quiero poner sobre la mesa es que el problema no es que tengamos malos representantes (que también), sino que sólo son marionetas obedientes al chantaje sistemático de quien realmente manda en nuestro país y en el mundo entero: el poder económico.   

Los recientes acontecimientos sucedidos en la frontera de Ceuta con Marruecos no son sino otra prueba de la falta de democracia que padece Europa. A través de estos poderes económicos controlamos a los países del Sur y les condenamos a la más absoluta de las miserias: hambre, pobreza, guerras… La UE es responsable directa de estas muertes que se producen día a día en la mitad del mundo, a través de la venta de armamento a dictadores de turno, o el saqueo de los productos naturales y recursos energéticos de estos países a través de las multinacionales occidentales, por poner solo algunos ejemplos. Pero además cuando estas personas finalmente llegan a nuestras fronteras no tenemos pudor en matarlas a balazos, con cuchillas en las verjas o encarcelándolas en centros de internamiento de extranjeros. Si la UE fuera democrática no se violarían día tras día los derechos humanos.


Quizá las personas que vivimos en estas sociedades tengamos algo que decir en todo esto, quizás lo primero sea darnos cuenta de que todos estos crímenes no son pequeños problemas que podamos arreglar con políticas más amables, sino que es la estructura misma del sistema la que tenemos que destituir definitivamente para comenzar a constituir entre todas algo nuevo, algo verdaderamente democrático, algo más político y menos “científico”. No es una cuestión de forma sino de fondo.  
Hoy, más que nunca: lo llaman democracia y no lo es.

#Vamos22M

sábado, 25 de enero de 2014

Unas vacaciones de Infarto

Dicen que Soria es una de las ciudades más frías y aburridas de España. Tras pasar allí todas las vacaciones de navidad, pude corroborarlo sin duda. Tan fría, y tan gris, su monótono aspecto chocaba con mis 15 años en una ecuación difícil de resolver.

Salí a pasear con la esperanza de encontrar algo que me mantuviera entretenida, caminé por las insulsas calles mientras el viento y el frío me azotaban fuertemente en la cara. Me subí la cremallera del abrigo hasta el tope y seguí andando. Por el camino me crucé con varias personas que me parecieron a cual más vieja y malhumorada. De pronto un señor me gritó:

-          ¡Mira por dónde vas! -al tiempo que las ruedas de su coche chirriaban y me salpicaban al contacto con el agua de un charco marrón.
-          Qué horrible ciudad, -pensé mientras miraba el socavón en la carretera y asqueada comprobaba que no me hubiera manchado mi abrigo de marca.

Seguí andando cuando descubrí una farmacia y me entretuve mirando las cremas adelgazantes y otros productos de belleza. Cuánto echaba de menos estar en Madrid, esa misma tarde todos mis amigos estarían de botellón en el parque del instituto, y yo en cambio la pasaría con mi abuelo.

-          ¿Quieres algo, niña? –me espetó de pronto la dependienta.
-          No, nada, sólo estoy mirando, gracias. – respondí sin poder evitar fijarme en la desagradable verruga con pelos que tenía a un costado de la nariz.

Tras dar una vuelta a la manzana decidí emprender el camino de vuelta a casa por un sitio distinto. No tenía nada que hacer, pero al menos allí no pasaría frío; además, podría pasarme la tarde haciendo llamadas perdidas a Toni, o leyendo la última novela que tenía entre manos.

Lo que más me preocupaba no era esa tarde, pues Toni tampoco estaría en la capital; sino el cumple de Lucía dos días después, eso sí que me hacía hervir la sangre. Por enésima vez me puse a pensar la remota posibilidad de escaparme y a darle vueltas en la cabeza a todas las opciones posibles.

Me habían regalado una cámara de fotos y mis padres insistían en realizar una excursión al campo para estrenarla. Pocas cosas me parecían menos atractivas que aquello.

-          ¡Maldito pueblo!

De pronto vi un pequeño grupo de gente alborotada por alguna razón que desconocía. Rodeaban en medio de la calle a un señor que estaba en el suelo, de rodillas. Me acerqué para mirar que pasaba y lo vi: Un perro precioso, marrón oscuro con manchitas blancas (creo que era un labrador) tirado en el suelo, tumbado, de lado.

Al principio no comprendí muy bien qué estaba pasando, el hombre que lo sostenía, su dueño, parecía desesperado; le miraba con una ternura de la que poca gente podría presumir en estos tiempos. Pensé que le habrían atropellado.

-          Pobrecito, -dije en alto sin darme cuenta, mientras vi cómo comenzaba a llegar la policía.

Me arrimé un poco más y tras esquivar a alguna gente pude comprobar que no se trataba de un atropello, a aquel perro le estaba dando un infarto. Se convulsionaba y retorcía en las manos de su dueño mientras este le miraba desesperado, intentando salvaguardar su vida y viendo tristemente cómo se le escapaba de las manos.

La policía empezó a dispersar a la gente.

-          No hay nada que hacer señores, -decían mientras unas abuelitas insistían en llamar a una ambulancia.

El hombre seguía agarrando en brazos a su mascota que se ahogaba cada vez más. Ya solo la abrazaba fuertemente intentando conservar sus últimos alientos. Aquel hombre miraba al perro de una forma especial, de sus ojos salían rayos que tocaban lo mirado.

El policía le preguntó si necesitaba algo y el pidió que le trajesen al veterinario.

-          No sé si aguantará, compañero.
-          Es igual, tráiganlo por favor, dense prisa. – Dijo sin dejar en ningún momento de cobijar a su perro.

Me fui alejando de allí despacio, todavía conmocionada por lo que acababa de suceder. Miré hacia atrás y lloré. Di algunos pasos más y llore más, y de una forma distinta a la que había llorado siempre. Lloré tranquila, me sentía fatal y bien al mismo tiempo, de pronto el mundo me parecía un lugar entrañable. Estaba triste, me pareció de pronto que había cosas más importantes que Toni y que ese cumpleaños. No supe encontrarle explicación pero aquel acto entre ese perro y su dueño, me habían conmocionado más de lo que esperaba.


Llegué a casa, abracé a mi abuelo y todavía me costó un par de horas volver a la normalidad.  



Fin.