lunes, 25 de noviembre de 2013

"Sepia sobre Sepulcro"

Serían cerca de las siete de la mañana, ya amanecía, cuando el Catania tuvo el accidente. Nadie sabe cómo fue. Hay quienes culpan al capitán, otros dicen que las autoridades no dieron las indicaciones adecuadas, el caso es que más de mil personas se ahogaron aquella mañana cerca de las costas gallegas, en el Cantábrico. 


Fue un gran escándalo mediático, unos y otros eludían responsabilidades; entre tanto, Fabia, de pie como un palo frente al televisor, maldecía a unos y otros, mientras se limpiaba las pocas lágrimas que aún le quedaban con el mugriento delantal lleno de años, de sal y de sangre. Roque sin embargo permanecía en silencio, ausente, con la mirada perdida.  

La pérdida de sus cinco hijos, que habían decidido ser pescadores como él hasta su jubilación unos años atrás, era una pena extraordinaria. Una pena demasiado grande que se salía de su entendimiento y que saturó para siempre su capacidad de sufrir, era lo único que tenían en esta vida. 


Celebraron el funeral esa misma semana, no quisieron acudir a los actos oficiales que la Xunta organizó en un intento de solidarizarse con las víctimas. Sin embargo sí hicieron su particular homenaje: un precioso sepulcro de piedra maciza sobre el que habían tallado alrededor una hermosa cenefa de sepias, haciendo honor al oficio que durante generaciones había sustentado a esa familia.

Esa tarde se sentaron a cenar sumidos en un profundo silencio, un silencio que ya por siempre impregnaría las paredes de aquella casa. Fabia había cocinado sepia. Roque pegó un mordisco y sugestionado o no, sintió como si comiera carne humana, la carne de sus propios hijos. Entonces por primera vez lloró, con la esperanza de que con cada lágrima se fuera también una pena.


Desde aquel momento la casa reviste un fuerte olor a Brócoli, aquella noche se hicieron vegetarianos.

jueves, 14 de noviembre de 2013

El Binomio Imperfecto: De Rata a Trapecista

Aquel lugar abarrotado de gente, porque eran gente, no personas; me agobiaba tanto que me hacía sentir como una pequeña hormiga aplastada entre grandes y feos elefantes.
Todos sin excepción se dedicaban a ocupar más y más espacio y aumentaban esa sensación que me iba inquietando cada vez más. Mientras esperábamos a que la conferencia diera comienzo, les miré, y me dí cuenta como de elefantes se convertían en ratas. Ratas inmundas a las que no les interesaba nada más que si mismas, ratas atadas al pasado, que se arrastraban y revolcaban en él, incapaces de asomar sus diminutas cabezas de las cloacas donde hace ya tiempo se habían sumergido.

Ensimismada en mis propios pensamientos transcurrió la charla, me apenó no haber prestado la suficiente atención; sin embargo, no había que ser muy listo para darse cuenta de que la cuestión inicial ya se había resuelto mucho antes de comenzar a lanzar las preguntas.

Lamenté haber perdido una tarde más de mi vida en aquel circo infame. Aquel circo viciado en el que entre mujeres barbudas y trapecistas (no por equilibristas sino por lo mucho que les gustaba trepar), estaba dejando mis días y mi juventud...



FiN