lunes, 18 de marzo de 2013

¿Puede el amor romántico ser un amor libre?




En primer lugar quiero cubrirme las espaldas avisando de que este no es ningún artículo de una experta en feminismo, sociología o relaciones sociales. Este es simplemente mi punto de vista personal y subjetivo que se deriva de las experiencias que he ido viviendo a lo largo de mi vida.

Efectivamente creo que no, que el amor romántico no puede ser libre. Y este no es ningún descubrimiento. No puede ser libre porque se basa en condiciones inalcanzables y frustrantes como la exclusividad, la eternidad, la entrega incondicional, la renuncia…

El amor así entendido simplemente no existe. Si existe dura poco y mientras existe causa dosis ingentes de sufrimiento (y dosis ingentes de felicidad todo sea dicho). Esta felicidad desde luego será proporcional al sufrimiento posterior, que en algún momento llega, pues el amor -como sabemos- no es para toda la vida; y según mis cálculos dura aproximadamente un año.

Bien, hasta aquí parece que más o menos todas estamos de acuerdo. Si juntamos “amor” y “romántico” nos sale una mezcla heteronormativa y patriarcal que domina nuestras relaciones sociales (en occidente al menos) y que además no nos gusta, porque coarta nuestra libertad y porque ni siquiera existe. Sin embargo, ¿podemos coger esas dos palabras por separado? ¿Podemos vivir, no uno, sino varios (o los que cada una quiera), amores con romanticismo?

¿La crítica al amor romántico no se está convirtiendo en basar nuestras relaciones sociales en una fría racionalidad  que no tiene en cuenta el carácter emocional de estas? Saber que algo va a acabar no es motivo para no entregarse (¡ojo! Entregarse a la vivencia del amor, no a la otra persona, la autonomía es importante sea cual sea la relación social de la que hablemos). Saber que va a acabar debería ser motivo para vivirlo con más intensidad. El hecho de que muera y lo sepamos, su fragilidad, lo convierte en más especial. Nos pasamos la vida en el futuro en vez de en el presente. Autocontrolamos sensaciones físicas y psíquicas que nos embargan porque racionalmente sabemos que son “tonterías” que dentro de unos días o de unos meses se nos pasaran. Creo que esas tonterías merecen la pena, creo que merece la pena llorar, sufrir, sentir, amar, querer, odiar, olvidar, equivocarse, acertar… Y todo esto tiene que ver con el romanticismo.

La racionalidad y los años nos dan el escudo necesario para vivir, pero no pueden convertirnos en un ente independiente que controla siempre lo que siente. Lo que podemos y debemos controlar es lo que hacemos y decimos, aunque a veces no se corresponda con lo que sentimos. La independencia no nos la dará ni follarnos a 25 ni estar 4 años con la misma persona. Ambas cosas nos aportaran cosas diferentes, buenas y malas, y en el segundo caso probablemente muy buenas y muy malas. Porque hay una cosa que es cierta, y es que el amor se reparte, y no se quiere con la misma intensidad cuando quieres a una que cuando quieres a 5, por mucho que las quieras. La independencia nos la dará ser sinceras con nosotras mismas y con las demás, tener la relación o las relaciones que cada una quiera.


Sin romanticismo no habría canciones, no habría literatura, no habría cine. Probablemente viviríamos en una sociedad mucho más sana, que no nos obligaría a asumir ciertos roles. Pero también sería una sociedad gris, fría y racional. La conquista debe ser en mi opinión acabar con el amor romántico sin acabar con el romanticismo. Pocas cosas hay parecidas al abrazo que se dan dos viejos en un hospital a las puertas de la muerte. Quizás su amor o su vida hayan sido de lo más hipócritas, pero en ese momento ya no piensas, solo sientes. Y sentir a tu lado a alguien es mucho más importante que tener toda la razón del mundo. Os quiero abuelos.

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