miércoles, 4 de diciembre de 2013

La Sombra del Aceite

Querido diario:

Lo cierto es que no se cómo contar esta historia. Nunca he escrito un diario ni nada parecido, y pensé que nunca lo haría. Sin embargo, creo que los últimos acontecimientos que se han sucedido en mi vida merecen una explicación, y no se me ocurre mejor forma que esta. Para aquellos días en que flaqueé, cuando no tenga fuerza, cuando no entienda las decisiones que tomé hasta hallarme en esta situación, necesitaré algo que me lo recuerde, por eso te escribo.

La historia de mi nueva vida comienza el día que accidentalmente Rosana, compañera de trabajo, me tiró un litro de aceite hirviendo sobre el cuerpo y la cara. Pobrecita, no la culpo, a estas alturas ella debe de estar peor que yo. Al principio duele, luego lloras y aunque nunca dejas de sufrir te acostumbras a vivir con ello. Sin embargo la culpa… Rosana nunca supo perdonárselo, pidió la baja por depresión y hace meses me enteré de que está enferma de cáncer. La culpabilidad mata, y las desgracias nunca vienen solas.

Sin embargo no estoy aquí para hablar de Rosana, sino de mí. La verdad es que nunca fui muy guapa, ni tampoco fea, más bien normal, algo sosa. Pelo negro, siempre recogido por exigencias del restaurante, no es que me gustase ser así, pero la verdad es que no tenía mucho tiempo para arreglarme. En aquellos tiempos odiaba eso de mí, la “normalidad”, yo no quería ser vulgar, yo quería ser especial, llegar a ser alguien, ser original. Después del accidente me maldecía a mí misma por no haber apreciado lo absolutamente maravilloso que es ser “normal”, y no el monstruo que ahora todos ven cuando me miran a la cara.

Tras el accidente todo el mundo comenzó a tratarme de manera diferente. Mi pareja, Mario, mis padres, mis compañeros, mi jefe… Lo cierto es que todos tuvieron un comportamiento políticamente correcto: el jefe me mandó flores al hospital y no insistió como era habitual en que tendría que recuperar con horas extras mis días de baja; toda la familia, hasta los primos más lejanos que no sabían ni a que me dedicaba, acudieron en esas semanas al hospital… Hasta después, una vez en casa, no deje de recibir visitas de antiguos amigos que se escapaban en cuanto podían con un “será mejor que descanses”, muestra de su incapacidad para seguir ocultando esa mezcla de compasión y rechazo que les causaba mi presencia.

Con Mario fue lo más complicado. El pobre se esforzó mucho. Me cuidó, me daba la comida, me traía té cuando yo se lo pedía, me leía libros cuando yo aún no podía. Se dedicó en cuerpo y alma a mí, y me prometió que nunca me dejaría, que yo seguía siendo Laura, su chica, y que no había cambiado nada. Pero era mentira, todo, había cambiado todo. Yo ya no era una persona normal.

Recuerdo perfectamente el primer día que salí a la calle, como me molestó el sol en los ojos, como los niños me señalaron al pasar, como me cedieron la vez en el supermercado. Daba pena, la gente solo sentía por mi lastima y compasión y eso es algo que comencé a no soportar.

El tiempo con Mario dejó de ser especial. Ya no sentía mariposas en el estómago, ya no se me iluminaba el cuerpo entero por dentro al verle aparecer. La rutina llegó como un inmenso gigante que iba consumiendo nuestro tiempo y nuestro espíritu en aquella casa. Recuerdo los inmensos relojes en el salón anaranjado, los segundos pasando uno a uno, las manecillas del reloj arrastrándose con una lentitud parsimoniosa, y yo en el sofá aterciopelado, tratando de adivinar si lo que sentía por mí era verdadero amor o se había reducido exclusivamente a la pena. El tiempo dejó de ser cualitativo, ya no hacíamos cosas divertidas, ya no disfrutábamos de forma especial de nuestra compañía. Simplemente era tiempo, tiempo cuantitativo, que se sumaba, minutos, horas y días que pasaban porque tenían que pasar.


Entonces me di cuenta, me daba igual si él seguía queriéndome de verdad o era solo lástima o caridad. Yo ya no le quería, y aunque me costaría encontrar un compañero que me apoyase como él, supe que tenía que irme de allí antes de que los relojes acabasen volviéndome loca.

Decidí irme a la costa y fabricarme una casita junto al mar, donde poder estar sola, donde contemplar cada mañana el sol y darme un baño mientras ver amanecer. Un pueblito de pescadores, donde todos convivamos con nuestra soledad, donde todos seamos normales en nuestra excepcionalidad.

Hoy ha sido mi primer día en este nuevo hogar, ya está atardeciendo y en breves será mi primera noche. Escribo sobre la arena, húmeda, hace calor pero puede que la noche venga fría. Se pone el sol, creo que seré feliz aquí, sin embargo aún veo mi sombra reflejada en la arena, la sombra del aceite; y pienso, que la normalidad no está en los días que quedaron atrás, sino en aquello que el destino me quiera poner por delante cada mañana. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

"Sepia sobre Sepulcro"

Serían cerca de las siete de la mañana, ya amanecía, cuando el Catania tuvo el accidente. Nadie sabe cómo fue. Hay quienes culpan al capitán, otros dicen que las autoridades no dieron las indicaciones adecuadas, el caso es que más de mil personas se ahogaron aquella mañana cerca de las costas gallegas, en el Cantábrico. 


Fue un gran escándalo mediático, unos y otros eludían responsabilidades; entre tanto, Fabia, de pie como un palo frente al televisor, maldecía a unos y otros, mientras se limpiaba las pocas lágrimas que aún le quedaban con el mugriento delantal lleno de años, de sal y de sangre. Roque sin embargo permanecía en silencio, ausente, con la mirada perdida.  

La pérdida de sus cinco hijos, que habían decidido ser pescadores como él hasta su jubilación unos años atrás, era una pena extraordinaria. Una pena demasiado grande que se salía de su entendimiento y que saturó para siempre su capacidad de sufrir, era lo único que tenían en esta vida. 


Celebraron el funeral esa misma semana, no quisieron acudir a los actos oficiales que la Xunta organizó en un intento de solidarizarse con las víctimas. Sin embargo sí hicieron su particular homenaje: un precioso sepulcro de piedra maciza sobre el que habían tallado alrededor una hermosa cenefa de sepias, haciendo honor al oficio que durante generaciones había sustentado a esa familia.

Esa tarde se sentaron a cenar sumidos en un profundo silencio, un silencio que ya por siempre impregnaría las paredes de aquella casa. Fabia había cocinado sepia. Roque pegó un mordisco y sugestionado o no, sintió como si comiera carne humana, la carne de sus propios hijos. Entonces por primera vez lloró, con la esperanza de que con cada lágrima se fuera también una pena.


Desde aquel momento la casa reviste un fuerte olor a Brócoli, aquella noche se hicieron vegetarianos.

jueves, 14 de noviembre de 2013

El Binomio Imperfecto: De Rata a Trapecista

Aquel lugar abarrotado de gente, porque eran gente, no personas; me agobiaba tanto que me hacía sentir como una pequeña hormiga aplastada entre grandes y feos elefantes.
Todos sin excepción se dedicaban a ocupar más y más espacio y aumentaban esa sensación que me iba inquietando cada vez más. Mientras esperábamos a que la conferencia diera comienzo, les miré, y me dí cuenta como de elefantes se convertían en ratas. Ratas inmundas a las que no les interesaba nada más que si mismas, ratas atadas al pasado, que se arrastraban y revolcaban en él, incapaces de asomar sus diminutas cabezas de las cloacas donde hace ya tiempo se habían sumergido.

Ensimismada en mis propios pensamientos transcurrió la charla, me apenó no haber prestado la suficiente atención; sin embargo, no había que ser muy listo para darse cuenta de que la cuestión inicial ya se había resuelto mucho antes de comenzar a lanzar las preguntas.

Lamenté haber perdido una tarde más de mi vida en aquel circo infame. Aquel circo viciado en el que entre mujeres barbudas y trapecistas (no por equilibristas sino por lo mucho que les gustaba trepar), estaba dejando mis días y mi juventud...



FiN


miércoles, 14 de agosto de 2013

Las siete puertas

Cuenta la leyenda que cada 23 de Agosto en la Villa de Sepúlveda, San Bartolomé, apóstol y mártir, suelta de sus cadenas al diablillo que le acompaña, permitiéndole por una noche al año, hacer trastadas entre los sepulvedanos… Estas palabras salían de la boca de Figueroa mientras paseaban por una de las siete puertas de la ciudad, ella escuchaba, atenta como siempre y encantada con cada cosa nueva que él le contaba, definitivamente, este chico le gustaba.

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Se habían conocido hacía menos de un mes, y sin embargo, en ningún momento se sintieron extraños. Luna se sintió bien desde el principio, fue como si la edad y la madurez de Figueroa le impidiesen andarse con chiquilladas. Él, su gintonic y su chaqueta le hacían sentirse cómoda y confiada.
Figueroa por el contrario estaba nervioso, había algo en aquella chica que le hacía temblar y rejuvenecer de golpe, como un terremoto. Notó que le gustaba desde aquella noche en que por avatares del destino acabaron compartiendo mesa en el Tony Uno, un “after” de mala muerte del que, desde hacía ya años, era cliente habitual. Ella había venido con sus amigos de las juventudes, y por alguna extraña razón no paró de meterse con él en toda la noche, lo cual a él le sorprendió y agradó a partes iguales.

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-                     ¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? -dijo Luna, llevabas esa camiseta.

Y sonrió al acordarse de todas las cosas que le había dicho esa noche con la única intención de que se fijase un poco en ella.
Él rio al pensarlo, y decidieron, que no había mejor idea que sentarse a tomar un gintonic en algún sofá atrapador que les permitiese contemplarse, besarse, hablar de las vidas pasadas y futuras de uno y otro, y planificar el estupendo fin de semana que tenían por delante.

Sepúlveda resultó ser un lugar maravilloso. La verdad es que no hicieron mucho turismo, más allá de largos paseos bajo el sol. Se dedicaron por entero a sí mismos. Póker, sexo, cenas gastronómicas… disfrutaron de aquel fin de semana en el que nada más importaba, salvo la compañía de disfrutar el uno del otro. Conocieron graciosos personajes y viajaron a esa época en la que con la calada de un cigarro se te meten para dentro las ganas de vivir.
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Siete Puertas de Sepúlveda, Siete Llaves que las abren… Luna estaba encantadísima con la perspectiva de ver por fin actuar a Figueroa. Entró al teatro, ya a oscuras, -tenía la manía de llegar siempre tarde- y se sentó sola en una butaca desde la que poder contemplar el espectáculo sin interrupciones. Se había puesto muy guapa, un fino vestido blanco de verano con unas sandalias con hebilla y un poco de tacón, lo mismo que llevó en lo que llamaron “su primera cita”. Empezó la obra y con ello el viaje a través de Figueroa. Desde que le conoció le había impresionado su forma de ser. No era como estar con otros; todo pasó más rápido, empezó a sentir cosas que hacía ya tiempo había olvidado. Sus últimos meses habían estado marcados por un escepticismo y un cinismo absoluto. Desde que lo dejó con su novio por tercera o cuarta vez había renunciado definitivamente al amor, no porque ella quisiera, sino porque se encontraba incapaz de querer de la forma en que la habían amado a ella. Se sentía triste por hacer las cosas mal, desengañada con esa ilusión a la que la gente llama amor. Por eso se sorprendió de la forma en que se desarrollaron los acontecimientos con Figueroa.
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PRIMER ACTO:
-“Nadie, ni siquiera la lluvia tiene las manos tan pequeñas…”


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La obra empezó y Luna observó cada segundo como si fuera el último y la vida le fuese en ello. Le encantaban sus gestos, su forma de moverse y de mirarla, la forma que tenía de relacionarse con el mundo y el mundo con él.

La obra resultó ser la historia de una familia judía que en la edad media había tenido que salir huyendo de la inquisición en una barca por el rio Duratón. Y de cómo las siete puertas que cercaban la ciudad, se les habían ido abriendo, no sin antes superar una prueba, para permitirles escapar.

-Me has encantado, le dijo.
Y aunque nunca lo reconociera, le cogió la mano y caminaron en silencio hacia el club donde invitaban a los actores a tomar una copa y bailar tras la obra.
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Luna pensó que sería divertido simular con Figueroa ser aquella familia judía, y ponerse pruebas el uno al otro, antes de que acabase el fin de semana y tuviesen que salir de la ciudad. Él bromeo diciendo que si el premio era marcharse de allí prefería hacerlo mal y quedarse en Sepúlveda para siempre, con ella. Luna le llamó tramposo y le exigió que su primera prueba fuera sacarla a bailar allí mismo, ante las atentas miradas de los asistentes que envidiaban, sin decirlo, la felicidad que desprendía aquella pareja.
Después de bailar, besarse, cantar rancheras y canciones de Sabina y tomarse algún que otro pacharán, embriagados de felicidad o de alcohol salieron a la calle, y en la última puerta follaron o hicieron el amor siete veces, una por cada llave, por cada puerta y por cada prueba que se habían puesto esa noche.
Cuando acabaron, después de reír, descansar e intercambiarse deseos sexuales que harían en el futuro, él la miró muy serio y con vergüenza le dijo que aún tenía una prueba más que hacer, un salto de fe. Ella no comprendió, pero antes de que pudiera preguntar nada Figueroa la besó y le confesó deprisa y algo nervioso que se había enamorado de ella.

Luna sonrió de esa forma difícil de explicar que solo puedes entender cuando la vives. Trató de asimilar la información sin poder dejar de sonreír y pensó, que ella no sabía lo que era estar enamorado, pero que desde luego aquello se parecía mucho.
Le miró y le dijo que ella también tenía una última prueba que hacer, pero que para esta iba a tener que esperar unos pocos días. Dijo que le escribiría una historia, la historia de su viaje a Sepúlveda, y pensó que un relato es una carta que una se escribe a sí misma para contarse cosas que de otro modo no podría averiguar.

-Yo también, le dijo.



lunes, 18 de marzo de 2013

¿Puede el amor romántico ser un amor libre?




En primer lugar quiero cubrirme las espaldas avisando de que este no es ningún artículo de una experta en feminismo, sociología o relaciones sociales. Este es simplemente mi punto de vista personal y subjetivo que se deriva de las experiencias que he ido viviendo a lo largo de mi vida.

Efectivamente creo que no, que el amor romántico no puede ser libre. Y este no es ningún descubrimiento. No puede ser libre porque se basa en condiciones inalcanzables y frustrantes como la exclusividad, la eternidad, la entrega incondicional, la renuncia…

El amor así entendido simplemente no existe. Si existe dura poco y mientras existe causa dosis ingentes de sufrimiento (y dosis ingentes de felicidad todo sea dicho). Esta felicidad desde luego será proporcional al sufrimiento posterior, que en algún momento llega, pues el amor -como sabemos- no es para toda la vida; y según mis cálculos dura aproximadamente un año.

Bien, hasta aquí parece que más o menos todas estamos de acuerdo. Si juntamos “amor” y “romántico” nos sale una mezcla heteronormativa y patriarcal que domina nuestras relaciones sociales (en occidente al menos) y que además no nos gusta, porque coarta nuestra libertad y porque ni siquiera existe. Sin embargo, ¿podemos coger esas dos palabras por separado? ¿Podemos vivir, no uno, sino varios (o los que cada una quiera), amores con romanticismo?

¿La crítica al amor romántico no se está convirtiendo en basar nuestras relaciones sociales en una fría racionalidad  que no tiene en cuenta el carácter emocional de estas? Saber que algo va a acabar no es motivo para no entregarse (¡ojo! Entregarse a la vivencia del amor, no a la otra persona, la autonomía es importante sea cual sea la relación social de la que hablemos). Saber que va a acabar debería ser motivo para vivirlo con más intensidad. El hecho de que muera y lo sepamos, su fragilidad, lo convierte en más especial. Nos pasamos la vida en el futuro en vez de en el presente. Autocontrolamos sensaciones físicas y psíquicas que nos embargan porque racionalmente sabemos que son “tonterías” que dentro de unos días o de unos meses se nos pasaran. Creo que esas tonterías merecen la pena, creo que merece la pena llorar, sufrir, sentir, amar, querer, odiar, olvidar, equivocarse, acertar… Y todo esto tiene que ver con el romanticismo.

La racionalidad y los años nos dan el escudo necesario para vivir, pero no pueden convertirnos en un ente independiente que controla siempre lo que siente. Lo que podemos y debemos controlar es lo que hacemos y decimos, aunque a veces no se corresponda con lo que sentimos. La independencia no nos la dará ni follarnos a 25 ni estar 4 años con la misma persona. Ambas cosas nos aportaran cosas diferentes, buenas y malas, y en el segundo caso probablemente muy buenas y muy malas. Porque hay una cosa que es cierta, y es que el amor se reparte, y no se quiere con la misma intensidad cuando quieres a una que cuando quieres a 5, por mucho que las quieras. La independencia nos la dará ser sinceras con nosotras mismas y con las demás, tener la relación o las relaciones que cada una quiera.


Sin romanticismo no habría canciones, no habría literatura, no habría cine. Probablemente viviríamos en una sociedad mucho más sana, que no nos obligaría a asumir ciertos roles. Pero también sería una sociedad gris, fría y racional. La conquista debe ser en mi opinión acabar con el amor romántico sin acabar con el romanticismo. Pocas cosas hay parecidas al abrazo que se dan dos viejos en un hospital a las puertas de la muerte. Quizás su amor o su vida hayan sido de lo más hipócritas, pero en ese momento ya no piensas, solo sientes. Y sentir a tu lado a alguien es mucho más importante que tener toda la razón del mundo. Os quiero abuelos.